El adiós y yo.

– Un hombre en tu situación no debería estar tan tranquilo.

– ¿Nunca has agarrado un buen puñado de nieve, y estaba tan fría que te quemaba los dedos, y no querías pero tenías que dejarla caer?

– No.

– Pues eso.

Mordía un trozo de regaliz negro. El regaliz te dejaba los dientes hechos un asco, ¿eso lo sabías, Rafa? Sí. Pero qué más daba. Esperaban apoyados en una fachada de piedra, de esas en las cuales podías distinguir cada una de las rocas, y uno podía recorrerlas con la punta de los dedos… acariciando los bordes. Una parecía un gran pulmón. Otra, un hígado negro. A Rafa esas visiones le daban asco. Mordió el regaliz con fuerza y de la ramita salió un jugo oscuro y amargo.

En el aire flotaba una neblina densa; tiró el trozo de regaliz unos metros delante suyo y no pudo ver donde cayó. Unos árboles solitarios y finos como espantapájaros dejaban caer sus ramas peladas con dejadez. Unos grajos picoteaban el suelo, y sacaban semillas entre la hojarasca seca.

Frente a ellos había un gran hoyo, largo y profundo. No muy ancho. El compañero de Rafa llevaba una boina y fumaba un cigarro gris. De su nariz salía un humo negro que se unía con la niebla. El cielo estaba encapotado. Llovería. Tenía acumulada en el cigarro una impresionante cantidad de ceniza. Rafa le pegó suavemente un golpecito y toda la ceniza cayó al suelo. El otro le miró con desaprobación.

– Era mi colección.

– Qué colección tan triste.

Tiró la colilla al hoyo cuando acabó. Esa mañana hacía un frío verdaderamente terrible. Los labios de Rafa estaban llenos de cortes y le dolían las manos. Había una pala tirada junto al hoyo.

Entraron en la casa. Seguía haciendo frío. Rafa tiró un par de troncos a la chimenea y la encendió con una pastilla inflamable. El sillón con diseño escocés. Los cuadros holandeses. Las velitas. Había sido mamá la que colocó todo eso. Luego, ella comenzó a odiarlo. Rafa y su amigo acercaban las manos al fuego.

– ¿Crees que ella querrá esta casa?

– No. No lo creo. – respondió Rafa.

– ¿Y tú?

– Yo tampoco la quiero ya. Sería mejor que esto lo dinamitase alguien. Y enterrasen los restos. Que no quedara rastro.

Estuvieron un rato junto al fuego, entrando en calor. Reinaba el silencio. Detrás suyo, en el sofá, una sábana blanca tapaba una figura delgada y estirada. Rafa pensaba en su madre. El otro le acercó las manos. Rafa las cogió.

– Están heladas. Tus dedos parecen témpanos de hielo. -dijo Rafa.

Rafa le miró a la cara. Sin la boina, le salía a relucir una calva en la coronilla que brillaba con la lámpara del techo. Tenía la cara familiar de ese desconocido que has visto en algún sitio pero no recuerdas dónde. Era cercana y a la vez ajena. Por un momento Rafa se asustó; pensó que su amigo no pertenecía a este mundo.

– ¿Te acuerdas de cuando éramos pequeños? ¿En el patio del colegio? Nos lo pasábamos mejor que ahora, ¿verdad?

Rafa se rio y asintió nostálgicamente.

¿Sabes que tienes que hacerlo, verdad? Le dijo su amigo. Mamá no me creerá. Seguro que no, ni ella ni nadie. Aún así, yo te creo, Rafa. Bueno, dijo él. Y lo hizo.

Bajo dos metros de tierra, su padre no parecía tan impresionante. En realidad había dejado de serlo hace más de veinte años, pero cuando lo veía venir por el pasillo aún se le erizaba la piel del cuello y surgía en su interior un instinto animal de salir corriendo…

Desde que mamá se fue la cosa había cambiado. Su padre le comenzó a temer a él. Y no era para menos, claro está. Pero no había sido el culpable de esto. Su madre no le creería. De eso estaba seguro. Siempre le había dicho que el rencor era lo peor que podía invadir a alguien. Ahora, lo mejor era irse lejos.

– Yo también pienso que lo mejor es que te marches, Rafa. Lejos de aquí. No sé dónde, pero aquí ya no eres bienvenido. Te perseguirán como a una bestia; el crimen del que se te acusa está reservado a los peores criminales.

– Pero yo no lo hice.

– Sí que lo hiciste. No importa si le empujaste o se cayó por esa ventana. A todas luces, eres culpable. No deberías ni estar aquí. Y eso sí que es culpa tuya. A lo mejor ya es tarde para que te vayas.

Dejó la pala en el suelo y se fue para dentro. Su amigo le esperó fuera, fumando. Dio unas vueltas por la casa. Quería guardarlo todo dentro de sí y echar la llave para siempre; no entrar nunca más en ese pequeño desván de su interior, pero al menos saber que todo estaba ahí, a buen resguardo. Cogió unos guantes, apagó la chimenea, y salió. Cerró con delicadeza.

– Sabes, he pensado que me voy a quedar la casa.

El otro siguió fumando.

– Es una cagada.

– No. No volveré a pisarla. Es verdad que alberga algo malo. Pero también alberga cosas buenas, de mí y de mi familia. Quiero saber que puedo venir cuando quiera, a echar un vistazo… aunque no lo vaya a hacer jamás.

El amigo apretó los labios.

– Te he ayudado con esto. Pero me tengo que ir. A lo mejor tienes razón y deberías quedarte con la casa. Aunque esté maldita y en medio de la nada, es tuya. – fue lo último que dijo.

Al año siguiente, Rafa volvió a la casa. Sobre la tumba de su padre había brotado el césped. Entró. Todo seguía como siempre. Allí pasó dos noches. No volvió a ver a su amigo. De noche, la casa se llenaba de mosquitos que le picaban y zumbaban a su alrededor. Jugó con sus juguetes. Luego se despidió y se fue. Nunca más volvió allí.

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