El abuelo

    Volábamos a más de mil kilómetros sobre agua turquesa con destellos dorados. Me giré en mi asiento algo nervioso por la proximidad del aterrizaje. Jamás había visto a su familia, aunque me había hablado mucho de ella. De su padre, proveniente de un largo linaje de mineros de plata. También había hablado de su madre, que era la más insistente en sus llamadas a nuestra nueva casa. Sin embargo, del que más me había hablado era de su abuelo. Un hombre sabio, amable y que desde niña había cuidado de ella. Mi prometida y su familia llevaban sin verse más de cinco años. Pero nos casábamos, y era hora de hacerles una visita.

-Tomás, cariño, que ya casi estamos. – me dijo Beatriz con una sonrisa en la cara. – Mira, se ve por tu ventana.

Miré y asentí, distraído, y volví a encerrarme en la lectura hasta la hora de llegar.

Me dio un bofetón de calor nada más bajar. Nos metimos rápidamente dentro del aeropuerto, y esperamos pacientemente nuestra maleta. A la salida, mi prometida se abalanzó sobre una mujer esbelta y morena que supuse que sería mi suegra, Miranda. A su lado, un hombre más bien bajito, musculoso y muy moreno, me miró con una mirada contenida pero afable.

-Bienvenido a México, Tomás. -me dijo el padre, Miguel, mientras me tendía la mano.

Cuando mi mujer terminó de abrazar entre lágrimas y risas a su madre, me acerqué a saludarla a ella. Nos intercambiamos dos besos, y fuimos afuera. El sol pegaba con mucha fuerza a esa hora del día. En los alrededores del aeropuerto, todo el paisaje estaba absolutamente árido y desértico. Nos fuimos hasta una vieja camioneta blanca que nos llevaría a su casa.

-Mamá, ¿y el abuelo? -preguntó Beatriz.

-Cuando lleguemos a casa hablaremos sobre el abuelo. -respondió, apartando la mirada.

En el trayecto al rancho familiar, mientras Beatriz hablaba con sus padres, yo observaba el entorno por el que navegábamos con aquel viejo bajel medio blanco, que no era más que chatarra siendo arrastrada contra su voluntad por asfalto ardiente. Cactus verdes y orgullosos se erguían a ambos lados. Una cadena montañosa yacía en la distancia como vertebrando todo aquel páramo, bello a su desoladora manera.

Al fin llegamos a la casa de los Ahijada, en una pequeña aldea. Era una casa vieja y blanca, de una sola planta y con ventanas. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue un extraño altar colocado junto a la pared de la casa. Era un conjunto de coronas de flores, objetos como botellas, pan y vino, y una foto enmarcada coronando toda aquella suerte de bodegón caótico.

-No fuimos valientes para decírtelo, cariño. – dijo la madre con voz temblorosa.

Mi mujer, callada, se acercó al altar, y empezó a examinar los objetos.

– ¿Cuándo fue? -preguntó, muy seria.

-Hace dos años. Sabíamos cuanto lo querías. Estaba muy enfermo. Era su hora. -dijo mi suegra acercándose a su hija.

Beatriz se giró con lágrimas en los ojos y comenzó a llorar silenciosamente en el hombro de su madre.

Miré al padre, que aguantaba el tirón mirando al suelo y con los brazos cruzados detrás de la espalda.

-Lo siento mucho, Miguel.

-No pasa nada. Son cosas que suceden. Hicimos el altar hace unos días. Mañana es 2 de noviembre. No queríamos llegar tarde. – le miré desconcertado. – El Día de los Muertos.

Entonces caí en la cuenta. Recordé aquella festividad, lo que veía en la televisión. Aquellas mujeres vestidas de muerte, festejándola y burlándose de ella. Algo macabro, pero, sin duda, mucho más animado que nuestras fiestas de Todos los Santos.

Aquella noche los deliciosos frijoles que había preparado Miranda fueron empañados por un silencio atronador. Se oían la algarabía y la música que venían de la calle a través de las ventanas entreabiertas. Toda la aldea estaba fuera, festejando.
Al acabar la tensa cena, los padres y mi mujer se retiraron a sus respectivos cuartos, y me quedé solo en aquel país desconocido y atrayente. Sintiéndome algo confuso por lo ocurrido aquel día, decidí dar un paseo por la aldea.

Miré los jardines, flores, altares, familias enteras reunidas en torno a banquetes, gritos, niños corriendo, oí a los padres tocar música y a las madres reñir a sus hijos, a los ancianos recordando tiempos mejores y a las ancianas preparar la comida. Vi luces, colores, pinturas de calavera y murales. Toda una enorme fiesta en honor de los fallecidos y burlándose de la tan temida en otras culturas muerte, casi jactándose de que seguían vivos.

Volví a casa, y cuando iba a entrar, me paré para ver el altar dedicado al difunto abuelo de mi prometida. Estaba muy oscuro. Me quedé delante, mirando todo lo que habían dejado de ofrenda. Una botella de alcohol fuerte. Su guitarra. Libros, un telescopio, una mesa de ajedrez con sus piezas. Era sorprendente todo lo que se podía deducir a partir de aquel primitivo altar.

Me giré, y vi una figura avanzar por la aldea. Mirando los altares, los jardines. Acariciando el pelo a los niños. Saludando a todos los ancianos con los que se encontraba. Llegó a la casa de los Ahijada, y saludó a Tomás.

– ¿Tomás? Sí, he oído hablar de ti. El prometido de Beatriz, ¿no?

-Así es.

-Se quedó en silencio unos minutos, de pie junto a mí, mientras mirábamos el altar. Entonces se acercó, y encendió una pequeña vela que había frente al pie del altar.

-Aquí se dice que se encienden las velas para enseñar al alma del difunto el camino para volver a casa.

Le miré. Estaba oscuro, pero supe distinguir arrugas en su rostro, y unos ojos azules, como los de Beatriz. Sin embargo, su voz sonaba resuelta y limpia. Volví a fijar mi mirada en la vela.

– ¿Se cree todo eso?

Él me miró, y me dedicó una gran sonrisa.

-Por supuesto que no ¿Qué clase de espíritu no se acordaría de volver a su propia casa?

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